Monday, March 9, 2009

Doña Yolanda



Aunque no lo quiera admitir, soy una romantica irremediable... creo que mi abuela tiene la culpa. Era encantadora y la extraño. Conmigo era un amor pero tenía su historia de gran dama que no la hacía una abuela común y corriente.

Esta señora sabía francés e inglés, estudió en California en su juventud, tuvo una boda de proporciones romanas con luna de miel en México y autógrafos de Pedro Vargas, era socia del Club Tecleño donde me llevaba a comer copas de sorbete con merengue y tenía citas semanales con sus amigas del Colegio Sagrado Corazón para ir a tomar el té y conocer a los nuevos nietos de las demás (por supuesto, yo, como buena nieta celosa que era, tenía la obligación moral de romper las fotos de estos nietos ajenos porque no me podía consentir sino sólo a mí), tuvo que aguantar miles de queridas de parte de mi abuelo con la mirada digna y orgullosa y era asidua lectora de "El Caballo de Troya". Por ella aprendí a amar los libros. Me enseñó a leer casi de todo y se empeñaba en que siempre tuviera libros nuevos. Es por eso que a estas alturas gasto más en libros que en ropa...

De ella recibí una colección enorme de libros que luego mis papás regalaron sin piedad (hasta la fecha, me duele) de la cual apenas pude rescatar como tres tomos: Cuentos de Hans Christian Andersen, La Cabaña del Tío Tom y Rimas y Leyendas de G.A. Becquer. Los libros todavía huelen a polvo y tengo miedo que se me deshagan en las manos si los leo mucho, tienen unas ilustraciones a tinta preciosas. Había una Biblia con grabados de Gustavo Doré que luego también mis papás vendieron (Sigo resentida) y un cojín bordado con un camafeo relleno de hojas perfumadas y cortezas de canela que conservo bien guardado... Ella decía que me los daría en mis 15 años pero no alcanzó a verlo.

Ella tenía debilidad por las cosas dulces: íbamos a la Diligencia y a la Ponderosa cuando todavía existían, a ver el carrito de los postres y escoger entre un cardenal con fresas, un pastel de queso, un trozo de Selva Negra o un flan de coco bañado en caramelo mientras el mesero me llamaba por mi nombre y me daba una rosa y una paletita. Más avanzada en su edad, mi abuela escondía turrones de alicante con almendras en sus gavetas, lo que perfumaba su ropa con un olor a miel y yo iba a abrirle las cajas para sacar trozos poco a poco sin que se diera cuenta y luego compartirlos con el resto de la familia. Los atesoraba con devoción obsesiva, eran caros pero riquísimos.

Coleccionaba elefantes. Los tenía de cristal, de barro, de brea con cuentas de vidrio, de arenilla con conchas, de marfil... Decía que eran para la buena suerte, me prohibía traerme conchas del mar porque eran lo contrario: mala suerte.

Oía a Mario Lanza y Plácido Domingo, a Frank Sinatra y a Nat King Cole... Después de su muerte, mi mamá y yo no podíamos oír "Be my love" o "My Way" sin que se nos aguaran los ojos. Se perfumaba con "Paris" de Yves Saint Laurent y Chanel No. 5, usaba una crema que ahora está descontinuada: "Vita Moist" de Avon. Esa crema tenía un olor peculiar: como a nata con azúcar y vainilla. Nada más por la nostalgia, mi mamá la buscó hasta encontrarla. Ahora siento ese perfume y es como si ella entrara al cuarto.

Extraño sus manías de reina, sus manos suaves y nudosas, sus abrazos justo antes de acostarme cuando me recitaba de forma dramática partes del "Nocturno a Rosario" (... Adiós por la vez última, amor de mis amores, la luz de mis tinieblas, la esencia de mis flores, mi lira de poeta, mi juventud.. adiós!) y sus mimos.

Me dejó el romance y la nostalgia, el orgullo y el silencio placentero de leer un buen libro, las aspiraciones de artista y el amor por el francés, la placidez de saberme querida y única.

La extraño. Ella es la razón de mucho de lo que soy, lo que adoro y lo que sueño. Donde quiera que esté, espero que Doña Yolanda (mi Mami Yolan) sepa cuánto la quise y sigo queriendo.

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